Unidad del nacionalismo: debate y calendario

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

Quiero hablar de la tan traída y llevada unidad de las fuerzas nacionalistas canarias y quiero proponer cierta metodología de trabajo para alcanzar de nuevo ese objetivo político, si es posible alcanzarlo, como lo fue entre Coalición Canaria y el Partido Nacionalista Canario en las elecciones autonómicas y generales del 2007 y 2008.

¿En qué consistiría esa propuesta? Lo anuncio en el título de esta columna: debate y calendario. Hemos de abrir los foros de discusión oportunos para saber dónde está cada uno y por qué y para qué está donde está. Y, luego, si se dan coincidencias de programa y acción, tendríamos que plantear un calendario para llevar a cabo la firma de los acuerdos pertinentes, sea con la vista puesta en alguna convocatoria electoral o no. Propongo estas dos fases, con sus plazos temporales pactados, porque percibo que pasa el tiempo, celebramos congresos y congresos, invocamos esa unidad en todos los discursos y comparecencias públicas, pero nadie da un paso en el sentido esperado.

Me he quedado atónito contemplando cómo la Nueva Canarias de Román Rodríguez y la Coalición Canaria de Gran Canaria, de Manuel Lobo, no han dudado a la hora de cerrar filas en las elecciones de la presidencia y de los órganos rectores de la Caja de Ahorros de Gran Canaria, donde entran a formar parte de su consejo dirigentes de ambas organizaciones políticas, hasta ayer enfrentadas a muerte en los escenarios de la isla redonda. ¿Cómo pueden entender los grancanarios que no sea posible que dos partidos nacionalistas vayan juntos en unas elecciones autonómicas y generales, y luego sí puedan llegar a un acuerdo dulce para corresponsabilizarse de una entidad financiera? Quizá sea Román Rodríguez, ya flamante vicepresidente de la precitada Caja, el que primero deba explicar a su electorado su hostigamiento permanente contra la Coalición Canaria que lo hizo presidente de Canarias en la cuarta legislatura de nuestra joven autonomía, y su disposición ahora a pactar con esa misma Coalición su nombramiento como segundo hombre de la Caja del bueno de Juan Manuel Suárez del Toro.

¿O es que el paisaje político de Gran Canaria se apresura a cambiar de signo en un futuro lejano? ¿Cabe prever un pacto entre el Partido Popular, Nueva Canarias y Coalición Canaria en el Cabildo de la isla vecina o en otras corporaciones municipales? Es decir, ¿casi una reproducción del pacto que hoy sustenta al Gobierno de Canarias, con Nueva Canarias como nuevo socio? Cada vez comprendo mejor la perplejidad de la ciudadanía ante su clase política, a la que une más un proyecto de entidad crediticia que la misma política.

Estos días he terminado lo que voy a llamar una Intrahistoria del nacionalismo canario, una suerte de viaje personal por lo que considero el origen, el desarrollo y la entrada en el poder de esa ideología en el ámbito de nuestras islas. La historia, y hasta la intrahistoria -que es una historia silenciosa, invisible y hasta confidencial-, siempre nos dan las lecciones oportunas para que no volvamos a meter la pata en el mismo hoyo del pasado, pero los tiempos se encargan de que volvamos a caer en parecidos, cuando no idénticos, errores.

Este es el sino de los partidos nacionalistas canarios, sobre todo a partir de la democracia postfranquista. Sucedió con Unión del Pueblo Canario, como ya hemos recordado en otras ocasiones, y sucedió y sucede con Coalición Canaria desde 1993 hasta aquí. ¿En qué se falla? ¿Son las personas, las ideas, o la falta de ideas, las que convierten esos entendimientos en guerras fratricidas entre aliados de ayer mismo?

Siempre me acuerdo de Gilberto Alemán cuando menciono a la UPC. Como me contó en su momento el escritor, periodista y político lagunero, los enfrentamientos personales llegaron a tal gravedad tras la disolución de esa federación de partidos que algunos líderes de tales siglas tuvieron que huir de las islas atemorizados por las amenazas de sus antiguos compañeros de viaje. Hay un síndrome tribal en todos estos comportamientos de dirigentes que debieran conducirse con mayor madurez y sosiego.

Asistí con satisfacción al nacimiento de Coalición Canaria en 1993. Me acuerdo de un congreso del Partido de Independientes de Lanzarote donde coincidieron en la tribuna de oradores José Mendoza y Manuel Hermoso. Eran, si la memoria no me falla, los días previos a la moción de censura contra Jerónimo Saavedra. Mejor: contra el Carlos Solchaga que se había empeñado en ponerle reparos inaceptables a la Ley del Régimen Económico Fiscal en discusión en aquellos momentos. Mendoza y Hermoso plantearon entonces una nueva hora para el nacionalismo que se autorregulaba en virtud de la aritmética parlamentaria de esa tercera legislatura. Los términos de la coincidencia ideológica se empezaban a esbozar, aunque los estuvieran formulando organizaciones que provenían del insularismo, de las organizaciones cristianas de base y del marxismo, demasiadas letras para que la sopa saliera digerible, pero salió.

Y en su discurso de censura a Jerónimo Saavedra, Hermoso reconoció que eran las relaciones con el Gobierno Central las que habían precipitado el pacto con el PSOE y habían obligado a conformar una nueva mayoría nacionalista. Y reconoció además que las evidentes características diferenciales de Canarias: insularidad, lejanía de la Península, escasez de recursos naturales, proximidad al continente africano, situación en zona conflictiva y estratégica a escala mundial, alta tasa de crecimiento demográfico, subdesarrollo económico y cultural, exigían con urgencia unos planteamientos políticos y económicos radicalmente distintos a los que se aplicaban en el ámbito estatal y, desde luego, una vigorosa intervención del pueblo canario para asumir la dirección y el protagonismo de su futuro inmediato. Las bases del nacionalismo en el poder estaban sobre la mesa con el concurso de todas las tendencias nacionalistas de aquellos momentos. La unidad, aunque proviniera de la aritmética parlamentaria, había sido posible.

Fueron los titubeos ideológicos del Gobierno de Canarias de 1993, la ausencia de disciplina de las distintas organizaciones que conformaban la reciente Coalición y los incumplimientos de las palabras dadas, los causantes de que la unidad lograda en 1993 empezara a resquebrajarse a partir de 1995. Y así a lo largo de los años. Pero las razones profundas para la unidad política permanecen intactas y cada vez son más claras para cierto electorado que no entiende los desencuentros de los que debieran estar defendiendo un mismo programa y una misma acción política en las siete islas del Archipiélago. Aunque sea algo sorprendente, voy a aceptar el acuerdo alcanzado por Nueva Canarias y Coalición Canaria (más el PNC, pues así se presentaron en Gran Canaria y en el resto de las Islas, excepto en El Hierro) en la Caja de Ahorros de Canarias como un primer paso para abrir el foro de discusión y el calendario de unidad que cientos de miles de canarios esperan.