Unamuno y Canarias

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

Un solo hombre puede llegar a perturbar la armazón de una cultura e incluso modificar el curso de esa cultura? ¿No ocurrió eso con la irrupción de Alejandro de Humboldt en la América española en vísperas de su independencia de España, no sucedió algo parecido con la etnografía y la botánica de Canarias tras la presencia en las islas de Sabino Berthelot, o con la historia de Canarias tras la llegada a Tenerife de Elías Serra Ràfols? La semana pasada formamos parte de un tribunal que juzgó una tesis doctoral defendida en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria sobre la presencia de Miguel de Unamuno en Canarias en 1910 y 1924. Quizá ese trabajo del profesor Bruno Pérez Alemán sea la primera sistematización rigurosa de las repercusiones del paso de Unamuno por la cultura de Canarias, repercusiones encuadradas en el gran debate del noventayochismo español y la pérdida de las últimas colonias en América por parte de España.

En la construcción de una España postimperial, los miembros de la generación del 98 insisten en redescubrir los viejos valores de una cultura que creen ver simbolizada en la austera Castilla y en ella profundizan con todo su ardor. Un ardor que llegó a chamuscar al bueno de don Miguel de Unamuno durante los tres primeros meses del alzamiento nacional franquista, durante los cuales se convirtió en su intelectual estelar hasta enfrentarse el 12 de octubre de 1936 con el matón de Millán Astray en el paraninfo de su universidad de Salamanca y soltarle en la cara al militarote lo que muchos de sus seguidores estuvieron esperando de él desde el 18 de julio del mismo año.

Unamuno fue un hombre contradictorio no sólo con la historia de España que le tocó vivir, con Canarias le pasó también algo curioso: cuando vino por su gusto a nuestras islas en 1910, éstas no le gustaron; cuando viene desterrado en 1924, Fuerteventura lo seduce y lo impulsa a convertirla en un espacio literario y metafísico, como luego haría Agustín Espinosa con Lanzarote. No obstante, siempre hemos mantenido que la mirada que Unamuno despliega sobre Canarias y sobre algunos de sus intelectuales más notables de aquellos tiempos, es la mirada del castellanocentrista, del antifederal, del carpetovetónico, del español a ultranza capaz de opinar categóricamente sobre Hispanoamérica sin haberla pisado nunca o de reírse del poema Canarias, de don Nicolás Estévanez, sin haberlo comprendido jamás, ni siquiera cuando, muchos años después de haberlo ridiculizado en su primera visita a Canarias a su paso por La Laguna, intentó remediar algo las cosas al escribir un artículo, El almendro de don Nicolás Estévanez, publicado por primera vez en el diario El Sol, el 20 de septiembre de 1931, donde critica de nuevo la deriva descentralizadora de nuestro autor insular en su compromiso con la Primera República española en 1873.

Sin duda alguna, el castellanocentralismo de don Miguel de Unamuno en nada coincidía con la vocación federal de don Nicolás Estévanez, amigo de Secundino Delgado y hermano de don Patricio, que, según las últimas investigaciones del historiador Manuel de Paz, fue, ni más ni menos, el editor en Tenerife del libro de memorias de Secundino, Vacaguaré, que hasta ahora todos creíamos publicado en Mérida, Yucatán, México, como rezaba en su pie de imprenta. Este hallazgo del profesor palmero daría pie a pensar que los Estévanez, tanto Nicolás como Patricio, mantuvieron una complicidad política con el líder independentista tinerfeño que fue mucho más allá de la mera amistad personal.

¿Conocía don Miguel de Unamuno al llegar a Tenerife esta relación entre los Estévanez y Secundino Delgado? ¿La dura crítica que Unamuno formula contra el poema Canarias y lo que esa obra representaba para el imaginario insular tiene algo que ver con las posibles sospechas que el catedrático de Salamanca albergaba sobre el coqueteo independentista de don Nicolás? Queda mucho por investigar sobre esas hostilidades de Unamuno hacia el ministro de Pi y Margall y hacia uno de nuestros políticos y pensadores más cosmopolitas, en contra de lo que Unamuno quiso decir sobre él tanto en 1910 como en 1931. Nunca se trataron Unamuno y Estévanez, pero entre ellos se deslizaba una corriente de antipatía que no es difícil rastrear en sus escritos, en especial en los que Unamuno dedicó a don Nicolás.

Bien es verdad que, como decía Jorge Luis Borges, Unamuno fue ante todo "un inventor de discusiones" y que don Nicolás no se quedaba atrás. Ambos habían vivido el final del imperio español en América y habían respondido de muy distinta forma: Unamuno parapetándose en la defensa numantina de una España cerrada sobre sí misma, Estévanez oponiéndose a un enfrentamiento con los últimos territorios de ultramar e intentando redefinir una España más abierta y más cercana a lo que hoy conocemos como el Estado de las autonomías.

A mi entender, hemos sido muy indulgentes con las posturas que mantuvo Unamuno con respecto a la Canarias de principios del siglo XX, una Canarias que estaba cambiando la piel de su tejido económico y que tenía orientado su desarrollo en dirección británica. Entre 1884 y 1936, las islas estaban en pleno periodo "Canary Islands" y en esa era "británica" de Canarias, ya lo hemos contado en otra parte, no sólo se da un relevo de nuestras tradicionales producciones agrícolas a favor de los plátanos, los tomates y las papas, explotaciones que llegan a nuestros días, sino que el Archipiélago se convierte en estación de tránsito del comercio atlántico y planetario. Concesiones de depósitos de carbón y de consignaciones para atender líneas regulares de navegación, junto a instalaciones de varaderos y talleres mecánicos, grandes almacenes de víveres y de abonos, empresas bancarias y aseguradoras inglesas, cambian el sistema productivo de nuestra economía a finales del siglo XIX y nos preparan para dar un salto a la modernidad. En esos años también asistimos a la definitiva consolidación del fenómeno turístico, tal y como ha estudiado dicho periodo Agustín Millares Cantero.

Quizá nadie describió con tanto acierto esa mutación sufrida por el Archipiélago en la etapa comentada como el grancanario Tomás Morales en dos de los serventesios de su poema La calle de Triana, incluido en su libro Las Rosas de Hércules, II (Madrid, Librería Pueyo, 1919): "Todo aquí es extranjero: las celosas / gentes que van tras el negocio cuerdo: / las tiendas de los indios, prodigiosas, /y el Bank of British, de especial recuerdo... / Extranjero es el tráfico en la vía, / la flota, los talleres y la banca, / y la miss, que, al descenso del tranvía, / enseña la estirada media blanca...".

De esa Canarias no se percató Unamuno, pero era la que nos conduciría a lo que hoy somos. Para bien o para mal.

Nicolás Estévanez y Miguel de Unamuno atravesaron juntos un cambio de centuria muy traumático, con lo que ello significó de giro de signo histórico para una España que todavía no se resignaba del todo a haber perdido un imperio. Sus reacciones frente al proceso emancipador americano y frente a lo que significó Canarias a partir de aquel momento siguen despertando nuestro interés hasta el día de hoy.