Un siglo de Onetti

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

Toda la vida se la pasa uno persiguiendo un modelo de ser que en la mayoría de los casos no se alcanza. El entorno familiar y social y la educación que recibimos nos conducen por regla general a formarnos una idea de nosotros mismos que muchas veces nada tiene que ver con la persona que somos en la realidad.

Aunque la teoría psicoanalítica llama a la esquizofrenia estado patológico y propone contra ese padecimiento métodos de curación, todos nos sentimos a lo largo de nuestras vidas esquizofrénicos latentes que nunca estamos de acuerdo con el mundo que nos rodea y menos con el papel que se nos ha asignado en ese escenario colectivo.

En ese sentido, los seres humanos más escindidos, entre todos los mortales, son los escritores, pues jamás renuncian a proyectar sus distintas conciencias más allá de sí mismos. Siempre he tenido a mano una observación del narrador argentino Adolfo Bioy Casares, el gran amigo de Jorge Luis Borges, sobre ese desdoblamiento constante de todo el que escribe: "Me atrevo a dar el consejo de escribir, porque es agregar un cuarto a la casa de la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida que es otra manera de recorrerla intensamente".

Está el escritor en su despacho y está su imaginación en ese otro "cuarto" donde todo es posible, incluso lo imposible.

A lo largo de toda mi vida de lector he tenido varias preferencias, entre ellas una novela de un buen amigo: El astillero, de Juan Carlos Onetti. Muchas veces en mis clases de literatura hispanoamericana recomendé la lectura de esa obra a los alumnos, y cuando la comentábamos siempre hice hincapié en el valor alegórico de la narración de Onetti.

El protagonista, Larsen, uno de los personajes mejor diseñados de toda la literatura del escritor uruguayo, retorna a su ciudad tras un destierro y pretende hacer realidad dos de las quimeras más comunes y elementales de la vida de cualquiera de nosotros: la de encontrar un trabajo y la de encontrar un amor. La novela de Onetti no es sino la historia del autoengaño de ese personaje, que se figura gerente de un astillero en ruinas y enamorado de una mujer perturbada e infantil. Solo la muerte lo redimirá de esas farsas alentadas por su imaginación de hombre rebotado y sin salida.

¿No son esas dos aspiraciones las que todos albergamos a lo largo de nuestras vidas de adultos? ¿Y quién puede presumir de haber conseguido trabajar y amar a plena satisfacción?

Nos pasamos el tiempo encubriendo nuestras desdichas y dejando de ser nosotros mismos, porque afrontarnos supondría un trauma insoportable para la mayoría, o tal vez porque la vida es simplemente así.

La ventaja de los escritores radica en que pueden multiplicar sus vidas. Escribir, como leer, es viajar, ser otro constantemente, como diría el poeta portugués Fernando Pessoa. La esperanza que todos tenemos al emprender un libro o al tomarlo para su lectura es la de inventar o la de encontrar un hombre que coincida con nuestro modo de ser profundo, vivir tragedias y alegrías que no tenemos el valor de provocar, soñar sueños y traducirlos para que vuelvan la vida más apasionante y quizá también descubrir una manera de entender la existencia que nos haga más audaces y menos vulnerables a los seísmos de la vida.

Tomo algunas de estas reflexiones de Henry Miller y me las aplico sin mayores dificultades. Es casi la biografía inalterable de todos aquellos que nos dedicamos a escribir y a leer con cierta frecuencia.

Si vuelvo a mis primeros años de lector rememoro muchas de mis debilidades de adolescente indeciso. Hay un momento en la juventud de todos nosotros donde los años que nos quedan por delante se nos hacen inasimilables, donde acuden todas las dudas que imaginar podamos, donde los problemas menores se transforman en los molinos de viento de don Quijote y nos derriban a toda hora de nuestras ilusiones.

Si uno se queda solo en esa época delicada de la formación, es posible que salte hecho pedazos. Hijos de amigos he visto sufrir hasta la extenuación y abdicar de seguir adelante. Es un fantasma que a todos nos acecha y contra el que hemos de luchar sin tregua. Y esa lucha es mejor llevarla a cabo ayudado de algunas lecturas leales. Uno se fortalece con ellas y entiende que sus problemas no son tan exclusivos; son los problemas con los que se tropiezan todos los mortales. Ese es el principio de una victoria siempre relativa, pero al fin y al cabo de una pequeña victoria que nunca logró el personaje de mi querido Onetti.

Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos. Y esa máxima inventada por los hombres de que el tiempo todo lo cura es una de las verdades mayores de la historia de la humanidad. Y si no lo fuera, habría que creer en ella por lo mucho que reconforta.

Hemos inventado el arte, la literatura, la música, el cine, para dejar de ser nosotros mismos por algunas horas o al menos por algunos minutos. El arte no cumple otra función hoy, como no cumplía otra función para los hombres primitivos que garabatearon dibujos mágicos e inocentes en las cuevas de Lascaux o Altamira. Ellos también querían verse más allá de sus presencias reales; contemplarse en sus acciones y en sus deseos o pretensiones. Y ni siquiera proyectándose sobre la superficie de las rocas de sus habitaciones milenarias llegaron a encontrar el sentido de sus existencias.

Damos constantemente vueltas sobre nosotros mismos para saber lo que somos y lo que hemos venido a hacer a esta tierra. Hemos inventado algunos paliativos para esa angustia y los hemos llamado "trabajo" y "afecto". Queremos ser útiles, amar y ser amados. Es muy poco lo que pedimos, pero a veces esa poquedad se nos niega sin compasión.

Son muchas las personas que acusan esas carencias y uno las puede descubrir tras sus miradas mansas y maltrechas. Todos hemos podido ser una de ellas. En realidad todos formamos parte de ese fracaso generalizado por mucho que enmascaremos la situación.

No conozco una novela donde se indague con mayor clarividencia en esas pequeñas metas que todo ser humano se impone y en los inmensos fracasos cosechados al respecto que no sea El astillero. Larsen, su protagonista, es el pequeño dios de toda tierra prometida y negada al mismo tiempo.

Dios salve la inocencia y la sabiduría de Juan Carlos Onetti de tantos admiradores tardíos vueltos albaceas rapaces.