Un nacionalismo sin nación es el vacío

Autor: 
Juan Jesús Ayala
Categorías: 
Artículos

El fundamento del nacionalismo, y habrá que decirlo hasta la saciedad, es lograr política y culturalmente que el territorio en el que transcurre la vida de cada cual llegue a ser una nación. Lo que a nivel teórico parece una simpleza no ha sido así para algunos pensadores que han profundizado en el estudio del nacionalismo.

Llegan a manifestar que en esta dimensión universal de la globalización hablar de nacionalismo es mirar hacia atrás, volver a leer lo que los escritorzuelos de la Ilustración nos cuentan, lo que se traduce en una pérdida de tiempo, porque el final del nacionalismo estaba más que cantado. Dicen que los estados nacionales no tienen los recursos suficientes para regular procesos trasnacionales, especialmente los flujos financieros, o para dirimir problemas globales como la explosión demográfica, las situaciones migratorias, los desequilibrios abismales y amenazantes de la distribución de la riqueza en el mundo, la degradación de la naturaleza o la amenaza nuclear.

Pero al precisar estas cuestiones caminan por el error, dado que son precisamente éstas las que se les vuelven en contra, puesto que son las que originan que los que transitan por un territorio concreto se vean unipersonales y se desvinculen de lo que comprometa su supervivencia e identidad.

Y es que se hace muy difícil a los territorios que están bajo la influencia supranacional de un estado omnímodo o de una Europa tutelada desde Bruselas reconocerse a sí mismos. Y es así por razones obvias y no sólo por las que anteriormente hemos mencionado, sino simplemente por una que es fundamental: los seres humanos pretenden de todas todas seguir conservando sus vivencias, su mar, los espacios aquellos donde han proyectado su personalidad, donde trabajan, donde sueñan, donde aman...

Los pueblos han luchado desde siempre y desde que la humanidad tiene historia por encontrarse. Y la historia ni se puede eludir ni volver al revés. Los pueblos se han hecho naciones por el camino del nacionalismo; no le demos más vueltas y no abundemos en las torpezas para justificar posiciones contrapuestas. Pero un nacionalismo que no conduce al territorio hacia ahí, es estéril; es un salto en el vacío, una carantoña a la historia.

El hombre moderno es modular y nacionalista. Ya no ocupa un puesto fijo en una sociedad tradicionalista y jerarquizada. Tanto el hombre como la mujer constituyen "piezas modulares" con su primigenia libertad y singularidad, pero adaptables y encajables a "un conjunto nacional" e identificados con este último, con la nación moderna y sus fines políticos.

Los tres grandes fines políticos del mundo moderno, el bienestar, los derechos y el autogobierno, sólo se comprenden en el marco de la nación "Un pueblo libre es un pueblo que se autogobierna". Y la lógica nos dice que un autogobierno sólo es posible en una comunidad donde sus miembros se identifican con sus instituciones públicas, las entienden y, sobre todo, las defienden por encima de todo.

 El nacionalismo es una respuesta de los territorios que han sido utilizados a lo largo y ancho de su historia como campo de pruebas de no se sabe qué y donde la especulación y la depredación venían y vienen dictados desde fuera de sus fronteras.

No se debe enlentecer el proceso y desvirtuar la meta, aunque al nacionalismo se le intenta adormecer, lo que es alentado y provocado por los que tiene una visión política diferente. Pero ese adormecimiento hay que asumirlo para saber los tiempos que tenemos encima y los acortamientos que hay que propiciar del espacio y de ese mismo tiempo.

Como tampoco podemos esgrimir el predicamento de que el nacionalismo se basa en el recurso histórico de un territorio sometido a tal o cual influencia. Bertrand Russell ya interroga: "¿Cómo sabemos que el mundo no se creó hace cinco minutos con todos los recuerdos, y naturalmente con todos los registros históricos, arqueológicos y geológicos? ¿Cuál sería la diferencia en ese mundo y el que ha estado rodando durante siglos y siglos?" Esto puede ser un problema desde el punto de vista empírico de cualquiera. Pero tampoco es definitivo. No es fundamental poner la mirada en el pasado, él nos recrea y hasta nos entretiene y alguna vez nos justifica, pero la verdadera enjundia del nacionalismo es mirar hacia adelante, hacia el futuro.

 Sentirse nacionalista es fácil; airearlo por las cuatro esquinas, hasta reconfortante, pero si no se tiene introyectado en la conciencia de muchos, de la mayoría, que el objetivo del nacionalismo es conseguir un pueblo traducido en nación habrá que decir que el camino recorrido ha sido totalmente estéril y hasta contradictorio. En definitiva: se ha perdido el tiempo.