Los déficits de la educación

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

Dijo alguien, con toda la razón del mundo, que la tristeza nunca es noble, ni bella, ni útil. Todos los días nos inventamos la vida, necesitamos dotarnos de confianza en nosotros mismos y en los demás para seguir avanzando con cierta ilusión por el teatro de la existencia.

Hace unos días un diputado nacionalista canario me invitó a pensar sobre cómo podríamos fortalecer la condición de ciudadanos de este archipiélago, y le contesté sin demasiadas dilaciones que la autoestima de un pueblo viene dada por su autoconocimiento.

¿Sabemos quiénes somos los canarios? ¿Tenemos conciencia de pertenecer a un pueblo conformado por siete islas con un pasado común, un presente compartido y con tantas dificultades, y un proyecto de futuro? ¿O acaso sólo somos insulares a secas, desentendidos de lo que sucede en las islas vecinas? ¿Tenemos todos los habitantes de Canarias la certeza de pertenecer a un archipiélago? ¿Si no tenemos esa certeza, cómo podríamos alcanzarla? ¿En qué habremos fallado a lo largo de los últimos veinte y ocho años de autonomía jurídico-política para que las cosas no sean como pretendíamos que fueran?

Quizá los instrumentos más idóneos para alcanzar esa ciudadanía canaria de las siete islas sean la educación, la cultura y los medios de comunicación, con la televisión como el más ventajoso de ellos para esa tarea.

Cuando pienso en la educación, no puedo desasirme de una reflexión de Víctor Hugo al respecto y recogida en sus diarios, Cosas vistas: "El derecho del niño es ser un hombre; lo que hace al hombre es la luz; lo que hace la luz es la instrucción. De modo que el derecho del niño es la instrucción gratuita, obligatoria". Sí, gratuita y obligatoria, pero, sobre todo, bien impartida, consciente de los tiempos que corren, con los profesores como los primeros pilares de un sistema que se precie, apoyados por la administración, por los padres, por la sociedad entera. No hay educación sin profesores, y esto, que parece una obviedad, muchas veces nos pasa desapercibido.

Desde 2006 rige en el Estado español una nueva ley de educación no universitaria: la LOE, una más y van unas cinco leyes desde 1970, con resultados cada vez más catastróficos para el futuro de nuestros jóvenes, con especial incidencia en el escalón de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, donde se produce un índice de fracaso escolar inaceptable, con cifras algo espeluznantes para Canarias. ¿Formamos a nuestros jóvenes insulares para ser ciudadanos de estas islas nuestras? ¿Están debidamente equilibrados los contenidos de esas enseñanzas para prepararlos para la localidad y para la globalidad, para ser ciudadanos de estas islas atlánticas y para ser ciudadanos del planeta? Quizá estemos faltos de un debate en este sentido, pero, hasta donde a nosotros se nos alcanza, una de las razones de tanto abandono de las aulas viene dada por lo lejanos que se encuentran algunos de esos contenidos de la experiencia personal y del entorno de los alumnos y, también, no podemos eludirlo, del comportamiento de una gran mayoría de esos alumnos en clase y de su falta de hábito de trabajo en sus casas. Ahí tenemos un problema grave y esa es la cuna de donde emergen los ciudadanos canarios del mañana. Asignatura más que pendiente.

¿Y la cultura? La cultura nos permite comprender el mundo, nos ayuda a insertarnos en él con la madurez que esa operación compleja requiere. Decía Max Scheler, un filósofo alemán que vivió a caballo del siglo XIX y el XX, que culto es aquel a quien no se le nota que ha estudiado si ha estudiado, o a quien no se le nota que no ha estudiado, si no ha estudiado. Es decir, el diploma académico no determina la cultura de un individuo, aunque, desde luego, puede complementarla.

La cultura de nuestros días se ha vuelto espectáculo, y todo lo que no sea espectáculo parece algo en desuso. En su discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias, la briosa escritora británica Doris Lessing nos describía nuestro presente con su gran elegancia verbal: "Érase una vez un tiempo -y parece muy lejano ya- en el que existía una figura respetada, la persona culta".

¿Qué cultura potenciamos en Canarias? ¿Leemos a nuestros escritores, seguimos a nuestros pintores y escultores, asistimos a los estrenos de obras dramáticas escritas, montadas o protagonizadas por nuestros paisanos, sabemos de las carreras de nuestros músicos, apreciamos a nuestros arquitectos, atendemos a nuestros cineastas, cuidamos de nuestras tradiciones? Tendríamos que hacer un esfuerzo simétrico: apoyar toda esa creatividad propia y, al mismo tiempo, facilitar el intercambio con otras creatividades ajenas. ¿Creemos, realmente, en nuestros creadores? ¿Los respetamos como facilitadores de una manera de sentirnos un pueblo diferenciado, con su sensibilidad reconocible y respetada por otros pueblos? ¿No perdura una suerte de poscolonialidad larvada que nos impide, por un lado, generar por nosotros mismos y, por el otro, siempre estar más dispuesto a premiar lo que viene de fuera?

Y, por último, me refiero a los medios de comunicación, y, en especial, a los medios de comunicación autonómicos: radio y televisión. Nacieron para formar e informar. ¿Forman hoy? Pensamos que queda por hacer un gran esfuerzo en la Televisión Autonómica, a pesar de la dedicación de sus directores hasta ahora.

La Televisión Autonómica se ha revelado como un instrumento idóneo para sortear fragmentaciones territoriales y llegar a una ciudadanía en toda la expresión de la palabra. Pero nos faltan entrevistas a personas relevantes de nuestro archipiélago en cualquiera de sus facetas, nos faltan debates sobre asuntos de actualidad y de no tanta actualidad que nos ayuden a recuperar la memoria de nuestro pueblo, nos faltan documentales divulgativos y amenos para saber más de nuestras siete realidades insulares.

¿Qué nos sobra? Nos sobra la truculencia de tanto suceso emitido, a veces con pormenores que dejan muy atrás a los más avezados y morbosos redactores de la vieja revista El Caso, nos sobra la proliferación de tantas series televisivas para estupidizar a nuestra población, series que ya están suficiente y abusivamente representadas en las parrillas de otras cadenas estatales e internacionales. Nos sobra basura y nos falta imaginación.

Esta es por hoy mi respuesta a ese buen amigo que me interrogó sobre algunos de los déficits que no nos dejan sentirnos ciudadanos de Canarias con todas las consecuencias.

La educación, la cultura y los medios de comunicación son palancas indispensables para madurar a los pueblos y para animarles a progresar en el esfuerzo colectivo y en el orgullo de sentirse parte de un mundo en continua evolución.

Creo que hoy se me ha ido un poco la vara de medir la retórica. Espero la indulgencia de los lectores que así lo perciban. Dijo alguien, con toda la razón del mundo, que la tristeza nunca es noble, ni bella, ni útil. Todos los días nos inventamos la vida, necesitamos dotarnos de confianza en nosotros mismos y en los demás para seguir avanzando con cierta ilusión por el teatro de la existencia.

Hace unos días un diputado nacionalista canario me invitó a pensar sobre cómo podríamos fortalecer la condición de ciudadanos de este archipiélago, y le contesté sin demasiadas dilaciones que la autoestima de un pueblo viene dada por su autoconocimiento.

¿Sabemos quiénes somos los canarios? ¿Tenemos conciencia de pertenecer a un pueblo conformado por siete islas con un pasado común, un presente compartido y con tantas dificultades, y un proyecto de futuro? ¿O acaso sólo somos insulares a secas, desentendidos de lo que sucede en las islas vecinas? ¿Tenemos todos los habitantes de Canarias la certeza de pertenecer a un archipiélago? ¿Si no tenemos esa certeza, cómo podríamos alcanzarla? ¿En qué habremos fallado a lo largo de los últimos veinte y ocho años de autonomía jurídico-política para que las cosas no sean como pretendíamos que fueran?

Quizá los instrumentos más idóneos para alcanzar esa ciudadanía canaria de las siete islas sean la educación, la cultura y los medios de comunicación, con la televisión como el más ventajoso de ellos para esa tarea.

Cuando pienso en la educación, no puedo desasirme de una reflexión de Víctor Hugo al respecto y recogida en sus diarios, Cosas vistas: "El derecho del niño es ser un hombre; lo que hace al hombre es la luz; lo que hace la luz es la instrucción. De modo que el derecho del niño es la instrucción gratuita, obligatoria". Sí, gratuita y obligatoria, pero, sobre todo, bien impartida, consciente de los tiempos que corren, con los profesores como los primeros pilares de un sistema que se precie, apoyados por la administración, por los padres, por la sociedad entera. No hay educación sin profesores, y esto, que parece una obviedad, muchas veces nos pasa desapercibido.

Desde 2006 rige en el Estado español una nueva ley de educación no universitaria: la LOE, una más y van unas cinco leyes desde 1970, con resultados cada vez más catastróficos para el futuro de nuestros jóvenes, con especial incidencia en el escalón de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, donde se produce un índice de fracaso escolar inaceptable, con cifras algo espeluznantes para Canarias. ¿Formamos a nuestros jóvenes insulares para ser ciudadanos de estas islas nuestras? ¿Están debidamente equilibrados los contenidos de esas enseñanzas para prepararlos para la localidad y para la globalidad, para ser ciudadanos de estas islas atlánticas y para ser ciudadanos del planeta? Quizá estemos faltos de un debate en este sentido, pero, hasta donde a nosotros se nos alcanza, una de las razones de tanto abandono de las aulas viene dada por lo lejanos que se encuentran algunos de esos contenidos de la experiencia personal y del entorno de los alumnos y, también, no podemos eludirlo, del comportamiento de una gran mayoría de esos alumnos en clase y de su falta de hábito de trabajo en sus casas. Ahí tenemos un problema grave y esa es la cuna de donde emergen los ciudadanos canarios del mañana. Asignatura más que pendiente.

¿Y la cultura? La cultura nos permite comprender el mundo, nos ayuda a insertarnos en él con la madurez que esa operación compleja requiere. Decía Max Scheler, un filósofo alemán que vivió a caballo del siglo XIX y el XX, que culto es aquel a quien no se le nota que ha estudiado si ha estudiado, o a quien no se le nota que no ha estudiado, si no ha estudiado. Es decir, el diploma académico no determina la cultura de un individuo, aunque, desde luego, puede complementarla.

La cultura de nuestros días se ha vuelto espectáculo, y todo lo que no sea espectáculo parece algo en desuso. En su discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias, la briosa escritora británica Doris Lessing nos describía nuestro presente con su gran elegancia verbal: "Érase una vez un tiempo -y parece muy lejano ya- en el que existía una figura respetada, la persona culta".

¿Qué cultura potenciamos en Canarias? ¿Leemos a nuestros escritores, seguimos a nuestros pintores y escultores, asistimos a los estrenos de obras dramáticas escritas, montadas o protagonizadas por nuestros paisanos, sabemos de las carreras de nuestros músicos, apreciamos a nuestros arquitectos, atendemos a nuestros cineastas, cuidamos de nuestras tradiciones? Tendríamos que hacer un esfuerzo simétrico: apoyar toda esa creatividad propia y, al mismo tiempo, facilitar el intercambio con otras creatividades ajenas. ¿Creemos, realmente, en nuestros creadores? ¿Los respetamos como facilitadores de una manera de sentirnos un pueblo diferenciado, con su sensibilidad reconocible y respetada por otros pueblos? ¿No perdura una suerte de poscolonialidad larvada que nos impide, por un lado, generar por nosotros mismos y, por el otro, siempre estar más dispuesto a premiar lo que viene de fuera?

Y, por último, me refiero a los medios de comunicación, y, en especial, a los medios de comunicación autonómicos: radio y televisión. Nacieron para formar e informar. ¿Forman hoy? Pensamos que queda por hacer un gran esfuerzo en la Televisión Autonómica, a pesar de la dedicación de sus directores hasta ahora.

La Televisión Autonómica se ha revelado como un instrumento idóneo para sortear fragmentaciones territoriales y llegar a una ciudadanía en toda la expresión de la palabra. Pero nos faltan entrevistas a personas relevantes de nuestro archipiélago en cualquiera de sus facetas, nos faltan debates sobre asuntos de actualidad y de no tanta actualidad que nos ayuden a recuperar la memoria de nuestro pueblo, nos faltan documentales divulgativos y amenos para saber más de nuestras siete realidades insulares.

¿Qué nos sobra? Nos sobra la truculencia de tanto suceso emitido, a veces con pormenores que dejan muy atrás a los más avezados y morbosos redactores de la vieja revista El Caso, nos sobra la proliferación de tantas series televisivas para estupidizar a nuestra población, series que ya están suficiente y abusivamente representadas en las parrillas de otras cadenas estatales e internacionales. Nos sobra basura y nos falta imaginación.

Esta es por hoy mi respuesta a ese buen amigo que me interrogó sobre algunos de los déficits que no nos dejan sentirnos ciudadanos de Canarias con todas las consecuencias.

La educación, la cultura y los medios de comunicación son palancas indispensables para madurar a los pueblos y para animarles a progresar en el esfuerzo colectivo y en el orgullo de sentirse parte de un mundo en continua evolución.

Creo que hoy se me ha ido un poco la vara de medir la retórica. Espero la indulgencia de los lectores que así lo perciban. Dijo alguien, con toda la razón del mundo, que la tristeza nunca es noble, ni bella, ni útil. Todos los días nos inventamos la vida, necesitamos dotarnos de confianza en nosotros mismos y en los demás para seguir avanzando con cierta ilusión por el teatro de la existencia.

Hace unos días un diputado nacionalista canario me invitó a pensar sobre cómo podríamos fortalecer la condición de ciudadanos de este archipiélago, y le contesté sin demasiadas dilaciones que la autoestima de un pueblo viene dada por su autoconocimiento.

¿Sabemos quiénes somos los canarios? ¿Tenemos conciencia de pertenecer a un pueblo conformado por siete islas con un pasado común, un presente compartido y con tantas dificultades, y un proyecto de futuro? ¿O acaso sólo somos insulares a secas, desentendidos de lo que sucede en las islas vecinas? ¿Tenemos todos los habitantes de Canarias la certeza de pertenecer a un archipiélago? ¿Si no tenemos esa certeza, cómo podríamos alcanzarla? ¿En qué habremos fallado a lo largo de los últimos veinte y ocho años de autonomía jurídico-política para que las cosas no sean como pretendíamos que fueran?

Quizá los instrumentos más idóneos para alcanzar esa ciudadanía canaria de las siete islas sean la educación, la cultura y los medios de comunicación, con la televisión como el más ventajoso de ellos para esa tarea.

Cuando pienso en la educación, no puedo desasirme de una reflexión de Víctor Hugo al respecto y recogida en sus diarios, Cosas vistas: "El derecho del niño es ser un hombre; lo que hace al hombre es la luz; lo que hace la luz es la instrucción. De modo que el derecho del niño es la instrucción gratuita, obligatoria". Sí, gratuita y obligatoria, pero, sobre todo, bien impartida, consciente de los tiempos que corren, con los profesores como los primeros pilares de un sistema que se precie, apoyados por la administración, por los padres, por la sociedad entera. No hay educación sin profesores, y esto, que parece una obviedad, muchas veces nos pasa desapercibido.

Desde 2006 rige en el Estado español una nueva ley de educación no universitaria: la LOE, una más y van unas cinco leyes desde 1970, con resultados cada vez más catastróficos para el futuro de nuestros jóvenes, con especial incidencia en el escalón de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, donde se produce un índice de fracaso escolar inaceptable, con cifras algo espeluznantes para Canarias. ¿Formamos a nuestros jóvenes insulares para ser ciudadanos de estas islas nuestras? ¿Están debidamente equilibrados los contenidos de esas enseñanzas para prepararlos para la localidad y para la globalidad, para ser ciudadanos de estas islas atlánticas y para ser ciudadanos del planeta? Quizá estemos faltos de un debate en este sentido, pero, hasta donde a nosotros se nos alcanza, una de las razones de tanto abandono de las aulas viene dada por lo lejanos que se encuentran algunos de esos contenidos de la experiencia personal y del entorno de los alumnos y, también, no podemos eludirlo, del comportamiento de una gran mayoría de esos alumnos en clase y de su falta de hábito de trabajo en sus casas. Ahí tenemos un problema grave y esa es la cuna de donde emergen los ciudadanos canarios del mañana. Asignatura más que pendiente.

¿Y la cultura? La cultura nos permite comprender el mundo, nos ayuda a insertarnos en él con la madurez que esa operación compleja requiere. Decía Max Scheler, un filósofo alemán que vivió a caballo del siglo XIX y el XX, que culto es aquel a quien no se le nota que ha estudiado si ha estudiado, o a quien no se le nota que no ha estudiado, si no ha estudiado. Es decir, el diploma académico no determina la cultura de un individuo, aunque, desde luego, puede complementarla.

La cultura de nuestros días se ha vuelto espectáculo, y todo lo que no sea espectáculo parece algo en desuso. En su discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias, la briosa escritora británica Doris Lessing nos describía nuestro presente con su gran elegancia verbal: "Érase una vez un tiempo -y parece muy lejano ya- en el que existía una figura respetada, la persona culta".

¿Qué cultura potenciamos en Canarias? ¿Leemos a nuestros escritores, seguimos a nuestros pintores y escultores, asistimos a los estrenos de obras dramáticas escritas, montadas o protagonizadas por nuestros paisanos, sabemos de las carreras de nuestros músicos, apreciamos a nuestros arquitectos, atendemos a nuestros cineastas, cuidamos de nuestras tradiciones? Tendríamos que hacer un esfuerzo simétrico: apoyar toda esa creatividad propia y, al mismo tiempo, facilitar el intercambio con otras creatividades ajenas. ¿Creemos, realmente, en nuestros creadores? ¿Los respetamos como facilitadores de una manera de sentirnos un pueblo diferenciado, con su sensibilidad reconocible y respetada por otros pueblos? ¿No perdura una suerte de poscolonialidad larvada que nos impide, por un lado, generar por nosotros mismos y, por el otro, siempre estar más dispuesto a premiar lo que viene de fuera?

Y, por último, me refiero a los medios de comunicación, y, en especial, a los medios de comunicación autonómicos: radio y televisión. Nacieron para formar e informar. ¿Forman hoy? Pensamos que queda por hacer un gran esfuerzo en la Televisión Autonómica, a pesar de la dedicación de sus directores hasta ahora.

La Televisión Autonómica se ha revelado como un instrumento idóneo para sortear fragmentaciones territoriales y llegar a una ciudadanía en toda la expresión de la palabra. Pero nos faltan entrevistas a personas relevantes de nuestro archipiélago en cualquiera de sus facetas, nos faltan debates sobre asuntos de actualidad y de no tanta actualidad que nos ayuden a recuperar la memoria de nuestro pueblo, nos faltan documentales divulgativos y amenos para saber más de nuestras siete realidades insulares.

¿Qué nos sobra? Nos sobra la truculencia de tanto suceso emitido, a veces con pormenores que dejan muy atrás a los más avezados y morbosos redactores de la vieja revista El Caso, nos sobra la proliferación de tantas series televisivas para estupidizar a nuestra población, series que ya están suficiente y abusivamente representadas en las parrillas de otras cadenas estatales e internacionales. Nos sobra basura y nos falta imaginación.

Esta es por hoy mi respuesta a ese buen amigo que me interrogó sobre algunos de los déficits que no nos dejan sentirnos ciudadanos de Canarias con todas las consecuencias.

La educación, la cultura y los medios de comunicación son palancas indispensables para madurar a los pueblos y para animarles a progresar en el esfuerzo colectivo y en el orgullo de sentirse parte de un mundo en continua evolución.

Creo que hoy se me ha ido un poco la vara de medir la retórica. Espero la indulgencia de los lectores que así lo perciban.