La deriva de los nacionalismos

Autor: 
Juan Jesús Ayala
Categorías: 
Artículos

PRETENDO referirme a parte del nacionalismo español, el del Estado, y a los nacionalismos del entorno de la Europa Occidental cuales son el irlandés, galés, corso, escocés, etc. A los que han convivido bajo la influencia de códigos, leyes y preceptos enmarcados en la Constitución de 1978. Tendremos que destacar al vasco localizado en el Partido Nacionalista Vasco que si en 1905 fue acogido con cierta alegría por parte del pueblo ya en las elecciones de 1917 su presencia fue buena y hacia nuestros días ha sido partícipe de gobiernos en las diferentes instituciones de Euskadi.

Por otro lado está el catalanismo, que el pasado sábado, conmemorando la Diada, salió a la calle pidiendo que una nación como Cataluña debería tener un Estado. Recordó la invasión que sostuvo en su patrimonio cultural e identitario por el Borbón que llegó de Francia, Felipe V, que, por medio del Decreto de Nueva Planta, arrasó con todo aquello que oliera a catalanismo. Pero ahí continúan instaurados también en las diferentes instituciones de Cataluña, siendo junto con los parlamentarios vascos posibles agarraderas del Gobierno de Rodríguez Zapatero para que este pueda sobrevivir y sacar adelante lo que se propone.

Y el nacionalismo de Castelao, que una vez que el Bloque Nacionalista Gallego fue capaz de organizarse, ha sido también decisivo en gobiernos y opiniones para el territorio gallego.

Estos tres nacionalismos están consolidados y cuando tratan de definirse lo hacen, sin ningún tipo de cortapisas, como autodeterministas con clara proyección de caminar hacia la construcción nacional de los Estados gallego, vasco y catalán.

Y también está el nuestro, el nacionalismo canario, el cual debería (¿cuándo comenzará ésta?) someterse a una profunda transformación ni más ni menos que por pura supervivencia. Las perplejidades y los contubernios que se pudieran dar deben orillarse y tener perfectamente claro por todos aquellos que así se denominan cuál es el objetivo y, sobre todo, cuando los acontecimientos que nos rodean se precipitan de manera alarmante y de un día para otro. Y, además, definirse. Un nacionalismo canario sin definición clara y concreta, con ambigüedades, será siempre una criatura que no termina de estirarse porque precisamente desde dentro se fabrican los argumentos que atan y dificultan el crecimiento.

El archipiélago canario está anclado a pocas millas del continente africano, un continente en efervescencia política, zarandeado por guerras tribales y bajo la influencia decidida de un islamismo arrollador que, cuando los muros de contención marroquíes se laminen, no se sabe lo que pasará, y menos aún si no es que desde el mismo Marruecos llegue la amenaza directa.

Y los nacionalistas canarios, entretanto, cada uno con su discurso. Unos diciendo que son más nacionalistas que el resto, ensanchando el pecho y erigiéndose en portavoces, en defensores de no se sabe cuántos, y no sabiendo si se va camino de un falso sueño por otra parte tal vez necesario. Y otros a verlas venir, con posicionamientos diferentes, desencontrados, fracturados.

Y ante esta fractura lo único que se ha conseguido es llenarnos de nostalgia. Nunca nos ha abandonado, siempre nos ha ocupado el ensueño. Hemos mirado más allá de nuestras fronteras sin saber siquiera qué es verdaderamente lo que quiere nuestra gente, si están o no en el debate político nacionalista y si marcan los caminos a seguir. Si nos atenemos a consultas electorales, ya vemos lo que ha habido: retroceso; y no desde proclamas tajantes y decididas, sino desde el punto de vista de la gestión, de hacerle llegar a la gente que sus necesidades pueden ser cubiertas. Sin ir más allá de grandes proyectos para esta tierra capaces de romper barreras y linderos.

El mal que aqueja a los nacionalistas canarios, aparte de su atomización, es que no terminamos de asumir y comprender que por muy "fenómeno" que se sea, por muy listo que se considere este o aquel, cada uno por su lado sólo se andará un trecho del camino, que es largo, ya que el objetivo no está a la vuelta de la esquina. Así se nos escapará la meta y nos quedaremos empantanados, mirándonos como siempre el ombligo y como testigos mudos de una historia mal contada.

Tenemos que tener claro los nacionalistas una cuestión, que no puede ser otra que "Canarias como nación, como país atlántico, con una geografía amenazante y como pueblo a construir". El pueblo no se construye desde la chistera del mago Merlín, ni por arte de birlibirloque. El pueblo es un constructo perfectamente definido, y aunque llegue el maravilloso encantador de serpientes, nace y se fabrica desde dentro, por sí mismo sin maestros, sin mesianismos, haciéndose protagonista de sí mismo. De nadie más.

El nacionalismo canario debe cumplir ese objetivo. Pero si no se está en la claridad y la evidencia por algunos de los pronacionalistas y la división es la deriva a seguir estaremos a años luz de las pretensiones de vascos, catalanes y gallegos. Así de claro.

Las capillitas han sido desde siempre un mal enquistado en las Islas; creerse en posesión de la verdad, no bajarse del burro y no aceptar argumentos conducentes al mismo fin, con enfrentamientos disparatados adornados con dialécticas romas e inespecíficas, es y ha sido la norma.

 Norma que hay que romper, pero desde ahora mismo, porque si no seguiremos atascados, imbuidos de un nacionalismo desenfocado y que no terminará de hacerse, de estirarse en toda su extensión como entidad política sumamente necesaria para Canarias.