¿Hacia dónde va el nacionalismo?

Autor: 
Juan Jesús Ayala
Categorías: 
Artículos

CUANDO las ideologías de clase se han ido extinguiendo en el tiempo por agotamiento y déficit argumental, no sucede así con la ideología que engloba la categoría de nación. Galeses, kurdos, escoceses, corsos, vascos, catalanes, canarios, montenegrinos, chechenos, sicilianos, flamencos y un sin fin de nacionalismos están en el empeño de la construcción nacional de sus respectivos territorios.

Es ese el fundamento del nacionalismo y no otro. El problema, por llamarlo así, se plantea cuando las prisas dificultan o pueden dificultar el trayecto. Porque estamos de acuerdo con resoluciones de altas instancias internacionales y que estas acojan y protejan a este o aquel territorio que pugna por su libertad, pero no tipo hispanoamericana, donde la dependencia de España se tradujo en alianza-dependencia estadounidense.

Estamos totalmente de acuerdo en que cuando un pueblo, el que sea, tenga perfectamente asumido que quiere llegar, llegue con todas las consecuencias.

Pero hay dos cuestiones que nos parecen fundamentales para iniciar el camino: una que su economía sea determinante, que esté bien estudiada e indique la viabilidad de la decisión; y dos, que la neutralidad esté garantizada, cuestión esta altamente difícil de conseguir en un mundo depredador donde el acecho de unos a otros es una constante.

La libertad tiene un largo recorrido. Es una palabra llena de significados y hasta de significantes gratificantes y esperanzadores, pero con una base o núcleo fundamental dado que unos la entienden de una manera y otros de otra. Y es que una cuestión que parece fácil cuando se intenta trasmitir y, sobre todo, concienciar por el máximo posible de una colectividad se enmaraña, se enroca y se desnaturaliza.

Se es libre cuando se está exento de cargas, de trabas, de exigencias, y, sobre todo, de compromisos. Aunque las libertades que han transitado por el mundo siempre han escondido dentro de sí intereses espúreos empalideciendo la gran voluntad política de los libertadores, que han chocado frontalmente con muchos de los liberados que nadaron en los ríos revueltos a favor de su corriente.

No apoyamos, por supuesto, la tesis leninista "¿libertad para que?". Así como tampoco la de los de los revolucionarios franceses que una vez que enviaron a la guillotina a Luis XVI y a María Antonieta y que desde los balcones del Palacio de la Bastilla gritaron vivas a la libertad, a los pocos días, cuando el pueblo muerto de hambre les pidió pan, dijeron que ellos no habían hecho la revolución para obtener pan, sino para lograr la libertad. Luego ya sabemos lo que pasó con aquella libertad que fue atenazada en las manos del dictador-imperialista Napoleón Bonaparte.

La libertad debe ser absoluta, sin aristas, ni modelos, la que se instaura dentro de cada individuo, la que huye del proteccionismo, la que se escandaliza de aquellos próceres irredentos que, dándoselas de libertadores, han ejercido de tiranos; la libertad que está disponible para lograr dentro de unos esquemas racionales y argumentos explicativos el objetivo. Libertad que se gana a pulso, que se tiene introyectada, que no se logra porque simplemente se diga que se es libre sin más. Libertad que traduzca y exteriorice la decisión de cada cual , la que se pone en solfa y sea capaz de consensuar una voluntad general.

El nacionalismo camina en los pueblos a diferentes ritmos. Va demasiado deprisa en unos, lo que ha costado sangre sudor y lágrimas, y en otros al compás de los acontecimientos, tanteándolos, haciéndose con ellos y creando el espacio adecuado donde la conciencia nacional se pueda manifestar en un universo engrandecido por una voluntad generalizada.

El nacionalismo va. Pero no se asimila de la noche a la mañana. Su gran condicionante, cual es la libertad de los pueblos -por eso hemos hablado de ella-, es una pendiente que hay que subir con el debido impulso. No se llega solo con el pálpito de las palabras ni con voces altisonantes. Se llega cuando las razones históricas, con su contundencia, tomen presencia, se pongan en el sitio que les corresponde y determinen que el tiempo de la espera ya ha concluido. Ahí ya da comienzo una nueva historia.