Euroabstencionismo

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

El euroabstencionismo no debe de ser sino la tendencia de muchos ciudadanos europeos a demostrar en las urnas un sentimiento más profundo: el euroescepticismo. El euroabstencionismo es la constatación material del euroescepticismo. Es decir, la gente está desentendida de todo el proceso de construcción europea, desde el embrionario Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, firmado el 18 de abril de 1951, hasta el Tratado de Lisboa, firmado el 13 de diciembre de 2007, en sustitución de la fallida Constitución Europea de 2004.

 

El todavía eurodiputado canario Fernando Fernández llegó a reconocer en una tertulia de Canal 7 del Atlántico, de la que también formamos parte, que para él el Parlamento Europeo era una especie de limbo, y, en verdad, las tareas de esa gran asamblea del Viejo Continente unido trascienden muy poco a la ciudadanía. No digo que ese Parlamento Europeo sea un cementerio de elefantes, donde van a abrevar políticos de los veintisiete países miembros, ya para formarse frente a otros retos posteriores más ambiciosos en sus respectivos territorios de procedencia, ya para alcanzar ciertos retiros muy bien retribuidos por los servicios prestados. Pero sus gestiones, cuando existen, quedan muy lejos del conocimiento de sus electores, inducidos cada cinco años por los partidos políticos de turno a depositar unas papeletas en urnas que parecen destinadas a elegir marcianos.

En España, la complicidad del PSOE y del PP para mantener una circunscripción electoral única termina por beneficiar a esos dos grandes partidos frente a otras opciones minoritarias. Ya denuncié aquí hace algunos meses que tanto PSOE como PP tienen en sus manos modificar la legislación electoral vigente que fija el método de presentación de listas, pero ni uno ni otro han movido un solo dedo para acercar la realidad autonómica del Estado español a la realidad electoral europea. ¿A qué nos referimos?

Nos referimos, ni más ni menos, a que hoy día son muchos los países europeos que, obedeciendo el mandato del Consejo de la Unión Europea, han establecido circunscripciones electorales subestatales para acercar el voto del ciudadano al territorio al que pertenece. Algunos ejemplos clarificadores: la República de Irlanda, en lugar de constituirse como una sola circunscripción tipo España, estructura estas elecciones del 7 de junio en cuatro circunscripciones electorales subestatales; el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, en doce circunscripciones subestatales; Bélgica organiza estos comicios a través de tres circunscripciones electorales en virtud de las lenguas que hablan sus habitantes; Italia se fragmenta en cinco circunscripciones electorales; y hasta Francia, el país con más tradición jacobina, centralista, elige a sus eurodiputados a través de ocho circunscripciones subestatales; Alemania usa un sistema híbrido mediante el cual logra tanto la representación de sus länder como la de su organización federal...

Es decir, con una circunscripción única para todo el Estado español la tarta queda repartida entre el PSOE y el PP, y la posibilidad para otros partidos de implantación no estatal queda convertida en más que remota, cuando no en una gesta más que complicada, a veces insuperable. No digamos nada luego de la atención que los medios de comunicación estatales prestan a esas aspiraciones minoritarias al margen de los grandes PSOE y PP: reducidos a la nada, ninguneados, jibarizados por las grandes maquinarias mediáticas.

Estas reglas de juego electoral europeo, impuestas con regocijo por PSOE y PP, lesionan a todos los partidos nacionalistas peninsulares, hasta a partidos nacionalistas tan poderosos como PNV o CIU, y no digamos nada de los partidos nacionalistas canarios, cuyos enfrentamientos seculares los convierten en organizaciones liliputienses a la hora de enfrentarse a unas elecciones como las del 7 de junio próximo.

A pesar del acuerdo electoral alcanzado por Coalición Canaria con PNV, CiU y otras fuerzas minoritarias baleares, andaluzas y valencianas, encuadradas todas en Coalición Europea, las probabilidades de alcanzar suficiente representación en el Parlamento Europeo son limitadas y harto laboriosas.

Claudina Morales, la presidenta de Coalición Canaria, se ha sacrificado en ese empeño y los nacionalistas canarios debiéramos apoyarla con todas nuestras fuerzas aunque sepamos de antemano que la aspiración de la candidata a sentarse en un escaño de Estrasburgo está muy lejos de ser un hecho cierto.

Bien mirado, el pueblo canario como sujeto político mantiene dos contratos con dos estructuras como el Estado español y la UE. Con la primera de esas estructuras, lo que rige nuestras relaciones es el Estatuto de Autonomía y la Lotraca, la Ley Orgánica de Transferencias Complementarias a Canarias, de moda en estos días por haber negado el Congreso su tramitación al margen de la aplazada reforma estatutaria.

A Europa nos vincula el Reglamento 1911/1991, que nos acomodó definitivamente en la Unión en ese año de 1991, el Posei, hoy, ayer el Poseican y el artículo 299.2 del Tratado de Ámsterdam de 1997, en el que encontramos una clara entronización de nuestros intereses en el Derecho originario de la Unión Europea. Un Derecho pendiente de modificaciones en virtud del Tratado de Lisboa aún sin ratificarse por los veintisiete países miembros de la Unión. Yo sé que esos contratos que mantenemos con el Estado español y la Unión Europea no son todo los perfectos que quisiéramos algunos, pero los tiempos nos exigen luchar por modificarlos a nuestro favor y uno de los foros donde estas cosas se enriquecen y se mejoran es el Parlamento Europeo, al que muchos ciudadanos de nuestras islas les queda muy lejano cuando nos referimos a él, o cuando se nos convoca para elegir a sus representantes.

Sigo convencido de la vocación atlántica de Canarias y de su tradicional diálogo comercial y cultural con la Europa de hoy y la Europa de ayer. Algunos ejemplos de esos intercambios: la orchilla (musgo para teñir de púrpura) que vino a buscar Jean de Bethencourt. El azúcar para proveer a Europa durante el siglo XVI. El vino para Europa y América (desde el siglo XVI hasta fines del siglo XVIII). La barrilla (planta de sosa usada para fabricar jabón) que se cultivó y se exportó durante las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del siglo XIX. La cochinilla que se cultivó a lo largo del siglo XIX (insecto originario de México que se cría en nuestras tuneras para, una vez seco, dedicarlo a materia tintórea. La anilina sintética acabó con su comercio). El tabaco, introducido en Canarias a partir del siglo XVIII y tan apreciado en el Viejo Continente. El plátano, el tomate y las papas (La era Canary Islands: 1884-1936). Las flores ornamentales. El turismo (desde sus orígenes terapéuticos hasta el de masas actual). Esa es nuestra tradición comercial y cultural. Europa siempre ha sido una de nuestras maneras de relacionarnos desde este Atlántico común. Ahora también estamos unidos a esa otra Unión Europea desde una integración política más definida. El domingo siete de junio próximo debemos reflexionar sobre todo esto y llevar a las urnas nuestras convicciones o nuestros escepticismos. En eso, al fin y al cabo, consisten unas elecciones.