CONTRA EL NACIONALISMO CANARIO

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

Uno de los errores más clamorosos del nacionalismo canario, en cualquiera de sus versiones, es ignorar que en las Islas existe un nacionalismo españolista radical, casi al borde del inconstitucionalismo, que se agazapa en radios y televisiones dirigidas desde Madrid, en parte -y digo en parte y no en todo, para los que ya están pensando en ir al juzgado- de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en parte de la fiscalía, en parte de la judicatura, de los columnistas de prensa y de editores de diarios, en parte del funcionariado estatal destinado en Canarias, en parte de los directivos de grandes corporaciones peninsulares, bancos, aseguradoras, touroperadores con intereses aquí, en parte de los claustros universitarios, en parte de los partidos políticos con sedes centrales en Madrid... Un entramado perfectamente urdido en contra de cualquier asomo de fuerzas políticas de exclusivo origen en el Archipiélago.

El nacionalismo canario es menos tolerado por estos nacionalespañolistas que cualesquiera otros nacionalismos surgidos en territorios pertenecientes al continuum peninsular, porque aquí esos movimientos ideológicos recuerdan con sorda amargura la pérdida del viejo imperio español, con las recientes réplicas africanas de Guinea, Gran Ifni y Sahara Occidental, y las posibilidades de emancipación son más reales en virtud de las condiciones geoestratégicas.

En ese sentido, el colonialismo mental que ejercen estos nacionalespañolistas en el Archipiélago no presenta la fisonomía acostumbrada en otras latitudes, es más sutil, más inteligente, aunque a veces se le haya escapado la mano. Se le escapó con Secundino Delgado, a quien tuvieron casi un año preso en la cárcel Modelo de Madrid sin fórmula de juicio alguna, lo que le costó su vida, pues ese encierro resquebrajó fulminantemente su delicada salud; se le escapó la mano con los destierros de líderes como José Cabrera Díaz, fundador del Partido Nacionalista Canario en La Habana el 30 de enero de 1924; se le escapó la mano también con Antonio Cubillo, contra el que ejerció puro y duro terrorismo de Estado, como reconocieron luego las instancias jurisdiccionales correspondientes, para alivio de la salud democrática; se le fue la mano a la hora de cargarse a Manuel Bermejo como alcalde de Las Palmas de Gran Canaria mediante un pacto de la UCD-PSOE de entonces y de otros acompañamientos corales; y se le va la mano con cualquiera que se le ocurra apostar por una opción nacionalista para las Islas, recurriendo primero a su desprestigio personal y profesional, y luego, si hay hueco y cómplices, recurriendo a los tribunales de justicia (¿?) para rematar un poco la faena.

A lo largo de la historia, ese nacionalismo españolista radical sí ha intentando burlar la ley cuando lo ha creído conveniente para anular cualquier asomo de nacionalismo canario, y ese nacionalismo españolista radical sigue hoy vivo y con mando en plaza.

En eso no caen los nacionalistas canarios actuales. Entre nosotros continúan los celos tribales, los desencuentros insulares, y todo ello genera enfrentamientos entre organizaciones que si se pararan a pensar descubrirían que defienden proyectos similares, aunque en esos proyectos también se cuelen algunos nacionalespañolistas a hacer el trabajo sucio que tan bien saben hacer. Ya uno viene de vuelta.

A estas alturas de la historia colectiva de nuestro pueblo y de mi propia historia personal y profesional, sigo teniendo miedo de esos sectores de poder fáctico a los que denomino nacionalespañolistas, porque se mueven en la sombra y golpean a uno cuando menos se lo espera y donde menos se lo espera. Pero no debemos cesar a la hora de transcribir y de transmitir nuestras ideas. Eso de la conciencia nacional canaria es algo todavía por construir y por definir.

Yo sólo espero que ese ubicuo nacionalismo españolista radical entronizado en nuestras islas sea un poco más respetuoso para los que queremos, civilizada, pacífica y dignamente, defender el nacionalismo canario en el que creemos.

Ese nacionalismo españolista radical en Canarias ha tumbado movimientos nacionalistas emergentes, como fue el caso de Unión del Pueblo Canario en la legislatura 1979-1983, si no contamos, como ya aludimos, las aventuras ideológicas, de Secundino Delgado, Guerra Zerpa, José Cabrera Díaz, Gómez Wangümert, o las aventuras intelectuales de Ossuna van den Heede, en el Tenerife de principios de siglos XX, cuando en el asta del Ateneo de La Laguna se colocó por primera vez una bandera autonómica como protesta por el trato colonial que recibía Canarias en aquel entonces y del que el mismo Benito Pérez Galdós se hizo eco en carta que conservamos a Fernando León y Castillo.

Ese nacionalismo españolista radical en Canarias está en estos momentos desarretado por tumbar de una vez al nacionalismo canario superviviente de todas sus escabechinas, al nacionalismo canario de Coalición y del PNC. En los últimos meses, esos nacionalespañolistas han desplegado una estrategia descomunal, con la activación de los restos del naufragio de Televisión Española, que ahora sí sirve para lo que sirve, aunque se anunciara la desaparición de sus sedes canarias por imperativos de reestructuración de la empresa, con el despliegue de firmas y voces de sus columnistas y de sus portavoces leales, con la introducción de los consiguientes virus pleitistas que llegan a inocular hasta a ingenuos nacionalistas de esta tierra y los hacen jugar papeles repugnantes.

Si quieren que les diga la verdad: no veo ilegítima la existencia de ese nacionalismo españolista radical en nuestras islas, forma parte de la historia de este territorio y tendremos que cargar con él, hasta respetándolo. Pero exigiendo al mismo tiempo igual respeto para todos aquellos paisanos que quieran vertebrar la vida política de Canarias no a través de delegaciones de partidos peninsulares en nuestras jurisdicciones, sino a través de fuerzas políticas nacidas de nuestra voluntad colectiva de organizarnos por nosotros mismos.

Lo malo es que en esa tarea de organizarnos por nosotros mismos haya tantas cabezas de ratón no dispuestas a ceder protagonismo a estructuras superiores. Bien es verdad que esas estructuras superiores son difíciles de sostener a lo largo del tiempo -le sucedió, como ya dijimos, a Unión del Pueblo Canario- y puede que vuelva a suceder ahora con Coalición Canaria si no lo evitamos aquellos que, de verdad, creamos que nuestro pueblo está maduro para caminar por sus propios pasos, y no con los pasos perdidos de los que vienen de fuera a impedir que seamos lo que somos y sentimos. La historia camina despacio, pero camina.

Respeto: señores nacionalespañolistas. Ya está bien de zancadillas. El pueblo canario es pacífico y los nacionalistas canarios también han demostrado esa virtud. Trabajen por su lado y dejen trabajar. Ya han cometido muchos errores y parecen no haber aprendido de ellos. Suerte a los compañeros y compañeras de Coalición en su IV Congreso y ánimo al resto de las organizaciones nacionalistas canarias en su trabajo de unificación organizativa.