Canarias:del territorio a la nación

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

Canarias, como ocho islas que son, con La Graciosa incluida, se puede entender así, de pronto, dentro de unas coordenadas geográficas que conforman un territorio incrustado en una plataforma marina y separadas, unas islas de otras por unas orillas, aunque el mar es el mismo. Canarias, como referente universal para los que consideramos a las islas como una a continuación de otra, sin fisuras, sin distancias, sino envueltas en el mismo cielo y alumbradas por el mismo sol.

Podemos decir que es así y que las diferencias entre unas y otras es simplemente nada, todas sostenidas en un conjunto territorial que las define y da naturaleza. Aunque eso es el imaginario, por supuesto.

Por eso tendremos que hacer el primer parón. No es tan fácil. Y menos tan alegre el creernos que formamos un solo cuerpo territorial y que nuestro canto es el mismo tanto aquí como en Tiñor, en la isla de El Hierro, o en La Santa, en Lanzarote. No. Y es que no tenemos territorio, tenemos que construirlo. Los ilusos o los iluminados seguro que se reirán y dirán que no hay nada que construir porque esta ahí y que no vengamos con majaderías, porque lo que es evidente, dirán, no tiene discusión. Los que así piensan seguramente tienen una visión no sólo idílica de las islas sino también equivocada.

El territorio canario, el que conocemos y que, cada día que pasa, a los nacionalistas consecuentes nos entusiasma más y más, está incompleto e inconexo. No tiene un solo canto, no existen los condicionantes proyectados por los que entienden que Canarias debe ser una sola isla grande y única, sólo circulan vaguedades y psudoentusiamos que en nada tienen que ver con un sentimiento común.

Y cuando hablo de sentimiento común lo hago desde el punto de vista de una proyección de un territorio hacia metas más adecuadas y definitorias que le den nombre político al que consideremos que es Canarias.

Me gustaría saber y tener la plena certeza de si los que nos rompemos el cuero por decir que Canarias es un territorio necesitado de autogobierno, que le es necesaria una concepción política adecuada a los tiempos, tenemos todos la misma idea de Canarias. Y hablo, por supuesto, en clave nacionalista. Y si eso es así, ¿cómo es posible, y no se nos cae la cara de vergüenza, que los que nos denominamos nacionalistas, ahora, cuando afrontamos unas elecciones europeas, donde el futuro de las Islas en parte camina por ahí en lo que respecta precisamente a definirnos como territorio diferenciado hayamos sido incapaces de aglutinarnos como nacionalistas eludiendo esa responsabilidad y nos quedemos solo para cosas menores? Para seguir en el devaneo constante de una unificación que parece política de tierra quemada, una criatura a la que se le intentó dar calor y que está moribunda antes de nacer. ¿Cómo es posible que las inteligencias, las nuestras, las nacionalistas, que decimos perseguir una construcción y conexión territorial, no hayamos sido capaces de pensar Canarias como un único territorio y seguimos anclados en las islas, cada una por su lado, con sus exigencias, vicisitudes y reivindicaciones?

Políticamente no tenemos un territorio, Canarias se nos ausenta, se nos escapa, y lo peor es que serán otros los que lleven la voz cantante y dirán que son ellos los que representan a los amos de la factoría (Canarias como factoría). Y así, de esa manera, se nos diluirá la ilusión y seguiremos pensando Canarias como utopía, como un territorio que pugna por hacerse y que no acaba de llegar.

Lo fundamental para determinar cualquier proyecto político, el que sea, es que exista el territorio, y él nos conducirá a cimentar la nación. Pero mientras el nacionalismo vaya cada uno por su lado, mientras no pensemos Canarias como una entidad consolidada territorialmente, lo de la nación será sólo una mera y bonita metáfora.

Los nacionalistas no deberíamos dar lugar a esto, van a llegar unas elecciones y en ellas tendríamos que ir todos juntos, y haber sido una plataforma de encuentro nacionalista. Pero no. Cada uno por su lado con sus rutinas y demonios metidos dentro mientras comprobamos con melancolía que los tiempos se alargan, y los espacios se fracturan; y, mientras, cada isla en su derrota mirándose el ombligo.

Y esas situaciones se rompen, o si no seguiremos persiguiendo un territorio que no llega para cimentar en él la nación. Y tener bien claro que si queremos optar a ello tendremos que ser nacionalistas de verdad y dejar atrás la isla, porque si no es así, será más de lo mismo y continuaremos dando palos de ciego en el más confuso de los vacíos.