Bicentenario

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos
Aunque en esos agitados años, la promulgación de la Constitución de Cádiz, por parte de la oposición española a Napoleón I, pudo suponer un último esfuerzo por salvar las relaciones políticas y económicas entre España y sus posesiones de ultramar con un nuevo tratamiento entre las partes en cuestión que en cierto modo anticipaba lo que luego vino a ser la creación de la Commonwealth entre el Reino Unido y su viejo imperio trasatlántico.
Una oportunidad perdida y lamentada por todos que el paso de los años no ha logrado recuperar de verdad. Los recelos mutuos no han hecho sino aumentar y la lejanía física se ha transformado en un distanciamiento difícil ya de superar, pese a la lengua común que a todos nos vincula.
En realidad, la ocupación napoleónica de España no fue sino una más de las muchas causas que ya habían hecho estallar las relaciones entre Madrid y las tierras de ultramar. Los que nos ocupamos de estas cosas sabemos lo que significó la expulsión de los jesuitas en 1767 de todos los dominios bajo la soberanía de Carlos III, acusados de conspirar contra el monarca. El descontento americano contra el Borbón y a favor de la obra filantrópica de la Compañía de Jesús creció inmediatamente y originó focos de insurrección por todas partes. También se dieron alzamientos indígenas como el protagonizado en 1780 de José Gabriel Condorcanqui, indio descendiente de Tupac Amaru, último inca del Perú, que ya había tenido antecedentes siglos antes en la personalidad de Felipe Guamán Poma de Ayala, cronista peruano que criticó en el siglo XVII la ferocidad del sistema colonial español. Y otros alzamientos independentistas posteriores, como el protagonizado por el cura mexicano Miguel Hidalgo en Dolores, alzamientos independentistas que recogían con distinta graduación el descontento de la población criolla americana desplazada, a partir de 1750, de su protagonismo político y económico, de los empleos burocráticos y de los negocios, a favor de los españoles peninsulares, por decisión de Carlos III y sus asesores, tan desconectados de la realidad americana y responsables de lo que el historiador británico John Lynch ha denominado la deconstrucción del Estado criollo, una suerte de desamericanización de América que se convirtió en el principal disparador de las revoluciones por la independencia del subcontinente.
Entre las causas exógenas que precipitaron la independencia de la América española tenemos que citar siempre la proclamación de la independencia de Estados Unidos un 4 de julio de 1776 y la influencia de la Revolución Francesa en las guerras separatistas de Haití, cuya independencia tiene lugar en 1804, la primera obtenida en la América Latina con los resultados que hoy podemos cotejar: Haití es el país más pobre de ese hemisferio.
Pero, ¿qué valoración se puede hacer, dos siglos después, de lo que originó la liberación de la América Hispana?
A buen seguro que los americanos harán la suya y los españoles la que les corresponde.
En cualquiera de los casos, América sigue siendo una desconocida para la política española y para la opinión pública y publicada peninsular. Se tiende a entender América como un todo uniformado sin caer en la cuenta de que en esos territorios las culturas han creado pueblos muy diferentes. Se da una injusta equiparación y etiquetación de acontecimientos y circunstancias sin el más mínimo pudor. Un ejemplo puede ser el encasillar en el mismo grupo de países a realidades políticas, económicas, étnicas, sociales como Bolivia y Venezuela, cuando los procesos históricos de esas dos repúblicas tanto se distancian.
El caso de Bolivia merece un respeto. La llegada al poder presidencial por primera vez de un indio aymará como Evo Morales representa el triunfo de una mayoría étnica que había sido preterida desde la conquista y la colonización española, lo fue también durante el siglo XIX de la independencia americana y lo siguió siendo muchas décadas después.
No sólo en Bolivia. En Paraguay, en 1957, ¡en 1957!, la Corte Suprema de Justicia tuvo que emitir una circular comunicando a todos los jueces del país que "los indios son tan seres humanos como los otros habitantes de la república...", tal y como nos recuerda Eduardo Galeano en su obra más divulgada.
Durante las luchas por la independencia de la América Hispana se invocaron en muchas ocasiones las palabras mágicas de la Revolución Francesa, libertad, igualdad, fraternidad, pero una vez que cambió de manos el viejo poder colonial, el caciquismo criollo olvidó muchas de sus promesas, entre ellas, la de la igualdad y la justicia social. Los datos que manejamos hoy no dejan lugar sino al desencanto: el 34% de la población de América Latina (189 millones de personas) vive en la pobreza; el 13,7 % (76 millones de seres) en la pobreza extrema.
Los tres siglos largos de colonia, el siglo de la independencia, la aparición de los gobiernos liberales y conservadores posteriores a la emancipación, América Latina sigue siendo un proyecto, un asunto provisional donde las dudas nos asaltan por todos lados. Un baúl de sorpresas del que surgen políticas anacrónicas como la del socialismo bolivariano de Hugo Chávez en Venezuela o regímenes capitalistas sin cortapisas como el de Sebastián Piñera en Chile, un candidato que ha arrancado votos en sectores de la izquierda y en feudos de pobreza de su país. Por no hablar del milagro brasileño con Lula a su cabeza.
Unas sociedades llenas de energía que intentan salirse de las contrariedades que la historia les asignó, un "malaje" que todo lo impregna.
La literatura, como ha sostenido Carlos Fuentes, sigue siendo la encargada de "descubrir lo que aún no ha sido descubierto, nombrar lo anónimo, recordar lo olvidado, dar voz al silencio y desear lo vedado por la injusticia, la indiferencia, el prejuicio, la ignorancia y el odio".
Tenemos todo 2010 para pensar en eso. No faltarán congresos y foros donde discutir sobre el porvenir de un mundo que nació como utopía y que lucha con cierta desesperación por salir de algunos de sus infiernos.