Alemania,España y Canarias

Autor: 
Juan Manuel García Ramos
Categorías: 
Artículos

No he seguido con mucha puntualidad las elecciones generales alemanas del pasado domingo, pero sí me he fijado en que la victoria de Angela Merkel, líder del Partido Cristiano Demócrata y la Unión Cristiano Social (CDU/CSU) se debió, en buena parte, a unos concretos compromisos adquiridos con su electorado: bajada de la presión fiscal, apoyo decidido a los emprendedores y no atizar la envidia social, es decir, no estimular enfrentamientos entre pobres y ricos.

Si nos fijamos bien, esos objetivos políticos son diametralmente opuestos a los que hoy plantea el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero: subida de impuestos, hostigamiento al empresariado y demagogia sobre las clases adineradas y las clases menos pudientes.

La política económica de Angela Merkel tiene desde principios de febrero de 2009 un nuevo conductor: el flamante ministro Karl-Theodor zu Gutenberg, de treinta y siete años de edad, aristocrático, pianista, casado con una bisnieta del legendario Bismarck. Su programa de actuación ha dado ya resultados más que satisfactorios: en el segundo trimestre de 2009, la economía germana creció un 0,3% y sus exportaciones un 7%. En ese mismo periodo, la economía española cayó un 1% y su déficit alcanzó el 5,73% del PIB en términos de contabilidad nacional y sigue escalando mes a mes.

Medidas tomadas en Alemania: recuperación de las exportaciones, aumento del consumo y estímulos a las empresas para enfrentar lo que se les venía encima, muy en especial a las empresas de automóviles y sus nutridas plantillas.
 

No he seguido con mucha puntualidad las elecciones generales alemanas del pasado domingo, pero sí me he fijado en que la victoria de Angela Merkel, líder
Entre tanto, el socialismo europeo no termina de perfilar un programa de actuación capaz de enfrentar la crisis económica y financiera que se padece aún en buena parte del mundo occidental. Los esfuerzos de Gordon Brown y de Rodríguez Zapatero por sacar a sus países respectivos del laberinto económico han sido vanos hasta ahora, aunque en esta situación de emergencia sea España el peor parado de los dos.

El caso alemán vuelve a ser un ejemplo de supervivencia para otros muchos vecinos. Alemania ha sabido remontar dos guerras mundiales adversas en 1918 y 1945, y una desventajosa reunificación con su parte oriental en 1990. Ahora es la primera potencia europea en salir de la crisis económica.

Quizá no valga la pena comparar una economía como la alemana con una economía como la española, pero sí nos llama la atención la manera tan contrapuesta de comportarse los distintos gobiernos ante la crisis común.

Se revuelve el mundo occidental, se revuelve Europa y se revuelve España a la hora de combatir una quiebra del sistema económico y financiero cuya trascendencia está aún por evaluar. Las viejas ideologías no llegan a adaptarse a estas mutaciones históricas y avanzan entre ellas con pasos más que inseguros.

En un ejercicio de máxima simplificación doctrinal, Zapatero acaba de recomendarle a su homólogo británico Gordon Brown que "hay que ser del partido de los que no tienen de todo". Se quiere ignorar que el problema no es a quiénes defendemos desde el poder orgánico o institucional, sino qué mecanismos ponemos en funcionamiento para hacer de una sociedad algo que no desmotive a los que tienen iniciativas empresariales y gozan de capacidad para crear puestos de trabajo

Ese es el triste escenario que contemplamos desde estas islas nuestras que se acercan con celeridad al 30% de desempleo de nuestra población activa.

Fuera del Archipiélago han sucedido muchas cosas desde 1996, año en el que se reformó el Estatuto de Autonomía de las Islas por última vez.

Desde la entrada del euro como unidad monetaria común al auge de la globalización en todas sus dimensiones: económicas, ecológicas, culturales, militares, tecnológicas, medio ambientales, migratorias...

Ante esas perspectivas exteriores, es más necesario que nunca adaptar nuestra norma jurídico-política fundamental a los nuevos retos.

Sé que un hombre como Fernando Ríos, nacionalista y secretario general de la Presidencia del Gobierno de Canarias, se desgañita por todos los rincones de las islas pregonando la urgencia de una reforma de nuestro marco legislativo de relación con el Estado español.

Sé también de otros que se presentan como emancipadores de gabinete -poco saben de lo que significa concurrir a unas elecciones y conocer la realidad profunda de nuestro pueblo- y de sus prisas por saltarse algunos escalones de la escalera de nuestra construcción nacional como pueblo diferenciado, incluso menospreciando el trabajo de los que quieren graduar con lógica y responsabilidad los pasos a dar en esa dirección.

Con la edad, uno sabe muchas cosas y sobre todo con quién se juega los cuartos. Pero, por encima y por debajo de todas esas actitudes, hoy es más necesario que nunca avanzar en el autogobierno y en la autolegislación de este país atlántico.

Sin romper los marcos de relación con el Estado español, pero demostrándole a ese Estado nuestras excepcionales circunstancias, y sin romper nuestra vinculación con la Unión Europea, pero también demostrándole a esa comunidad la particularidad de nuestra situación geoestratégica, es vital dotarnos de una personalidad jurídico-política que nos garantice la defensa de los intereses de nuestro pueblo y el desarrollo ponderado de todas las islas que lo conforman.

El nacionalismo se demuestra andando y no vociferando disparates sin el respaldo de nuestra ciudadanía.

Acaban de sernos transferidos nuestros parques nacionales, y por esa misma vía hay que seguir reclamando otras competencias que no por repetidas han perdido interés: responsabilidades en extranjería, en comercio y sanidad exterior, en telecomunicaciones, en la delimitación de nuestros espacios marítimos y en la capacidad para llevar a cabo prospecciones petrolíferas en nuestros fondos marinos, gestión de nuestros puertos y aeropuertos, control de nuestro transporte aéreo interinsular, intervención en nuestras costas, recaudación, mediante una Agencia Tributaria única, de los tributos propios de nuestra Comunidad, de los derivados del Régimen Económico y Fiscal y de los de ámbito estatal, redefinición de la territorialidad de nuestro Archipiélago mediante un nuevo protagonismo de nuestros municipios, de nuestros cabildos insulares y de la misma Comunidad Autónoma.

Queda mucho por hacer y para ello se hace necesaria una buena vecindad entre todos los nacionalistas. Sobran viejos rencores personales y desprecios recíprocos de toda índole. Nuestro pueblo ha de madurar con el esfuerzo de todos. Madurar y prepararse para nuevos tiempos que no solo tienen que ver con la crisis económica y financiera de la que nos ocupamos más arriba. Para Canarias, los desafíos van más allá.

En el diálogo con el Estado español y la Unión Europea, hemos de conseguir una voz unificada, coherente y en sintonía con los tiempos que vivimos. En esas estamos, aunque otras fuerzas políticas sigan, por un lado, siendo meras franquicias de los intereses españoles metropolitanos, y, por otro lado, cantos de anacrónicas sirenas africanas.